"Todo el mundo debe recibir con caridad y respeto a los peregrinos, ricos o pobres, que vuelven o se dirigen al solar de Santiago, pues todo el que los reciba y hospede con esmero, tendrá como huésped; no sólo a Santiago, sino también al mismo Señor; según sus palabras en el evangelio: "El que a vosotros recibe, a Mí me recibe”29 de marzo de 1.381
Me he quedado hecho añicos por el acogimiento que a los peregrinos de todas las naciones se nos hace en esta hospedería de Roncesvalles.
Había oído contar de ella, pero la realidad supera la imaginación. Aparte de la ermita que rige el "Santero" de la campana, en el Monasterio te reciben con alegría inusitada. Para estos monjes el peregrino es Cristo. Lo dice, y te tratan como a tal. En un poema sobre Roncesvalles, titulado "Preciosa", ya se lee:
"La puerta se abre a todos, enfermos y sanos;
a judíos, herejes, ociosos, y vanos;
y más brevemente, a buenos profanos".
Me ha maravillado, la verdad. A las puertas del Monasterio se halla apostado un monje, que ofrece pan y vino a los que pasan y no desean entrar, que son bien pocos, cuando se encuentra con tanta facilidad. Fijaos bien. ¿A quién digo yo "fijaos", si escribo para mí mismo? Al traspasar la puerta, mandaron quitarme las botas gruesas, e inmediatamente me lavaron los pies con sal. Luego un monje, haciendo de rasurador, me arregló la barba, que tenía descuidada desde el día en que salí de París, y me quitó los "abuelos" que me crecían abundosos en el cuello. Me cogieron los botos y se los llevaron al zapatero. He sido testigo de las atenciones que se gastan con los enfermos.
Peregrinos hay que llevan hospedados hasta un mes. No los sueltan si no están bien repuestos. Y con ellos puede permanecer, sin que les cueste un cuarto, sus familiares o algún vecino que los acompañara. La comida que nos dan en el refectorio es muy buena. Las mujeres no se han reunido a cenar con nosotros. Ellas viven en otro edificio aparte. Durante la comida, nos leen un libro piadoso sobre Santiago Apóstol. No sólo los lechos de los enfermos son buenos, sino además los de los demás, cubiertos con sábanas, con jergón, mantas y repostero. Puedo permanecer durante tres días sin que me cueste un ochavo.Me dieron para comer: un pedazo de pan de seiscientas onzas, media pinta de vino y, como es cuaresma, nos han colocado sobre el plato "abadejo, sardinas, huevos y queso, con caldo y legumbres".
Nos han tratado a cuerpo de rey. Y eso que la cuaresma ha evitado pitanza de caldo y carne. Si uno no alcanza la satisfacción de la llenumbre, puede repetir. Está permitido. ¡Claro que hay picaresca! Como la de quienes llenan su calabaza de vinillo riojano, pendiente del bordón de romero, en previsión de futuras jornadas. La hospitalidad de este monasterio contrasta con la pobreza de los circundante. Es un paraíso en medio de los lugares más fieramente apartados.



































